Las noches aquí son frías al igual que el café que descansa sobre la mesita de noche. Son tan frías que me gusta abrir la ventana de par e par y sentir como se me eriza la piel, como los dedos se me agrietan y cada parpadeo se más débil. Lo hago para notar esa sensación de estar vivo, para que mi cuerpo reaccione ante estímulos fusionándose con calidez con la que la sangre recorre mis venas.
A veces miro al gato negro que acostumbra a sentarse inmóvil sobre el balcón de mi vecina. Otras, mientras tanto, me gusta tocarme observándola en el probador. No sé nada de ella, ni ella de mi, es un juego entre desconocidos, llámenme maníaco pero me da morbo la noche.

Cuando dan las doce todo parece legal, ¿por qué? por que nada se ve pero tampoco nadie se esconde. Entre la espesura y la negrura envolvente tan característica para los que nos gustan las horas de nadie existen los bares. La música forma parte de eses antros de barrio bajo en los cuales las copas se sirven baratas y sus camareras asienten siempre con una leve sonrisa sin saber a penas negar nada al caballero que se sienta detrás de la barra. Hacen que me relaje como en casa, en mi sillón aquí sentado, pero con la compañía del humo de los cigarros de otros amantes de la nocturnidad.

Las noches siempre olieron diferente, tienen ese aroma especial a vicio, descontrol, ansiedad y melancolía. Suelo frecuentar los mismos lugares y siempre solo, dándole la mano a la sinrazón del destino acompañado del 'que pasará después', nadie puede interrumpir mi ritual. Son varios años siendo esclavo de esta moda que nunca pasa, nunca se deja de llevar y por eso nos atrae con benevolencia hacia sus más remotas entrañas para luego no dejarnos escapar.
He tenido días en los que las noches han sido tan comparables con la heroína, tanto como la última vez que me pegué un viaje. Suelo decir que puedo dejarlo cuando quiera, que está en mis manos y no en mi cabeza pero no es así, ni el polvazo más salvaje, ni la borrachera más inconsciente imitan la sensación de levitación, de ser y no estar y de amar la nada como lo hace mi pequeña, la que siempre será mi heroína.
Entonces vuelvo a recostarme sobre mi sillón recordando (por que nunca sueño) que pasó la semana anterior, que hice anteayer y caen las horas hasta que vuelve mi eterna aliada, que me llama a gritos desde su descomunal agujero, proyectando la insistencia, calcando meticulosamente el mismo trazado del mapa en mi cabeza.
La conclusión aquí es la siguiente, no estoy tan solo. Tengo dos fieles amigas que nunca me darán la espalda, por que nunca se escuchó que el sol dejaría de ponerse ¿verdad? 
Son las doce.