- ¿Qué me tocaba perder? Nada.
Habría sido la respuesta más fácil, la más aventurada y puestos a poner adjetivos, la más acertada.
 Nunca he sido un tipo orgulloso, pero eso sí, nadie sabotearía mis principios o ideales con un manojo de billetes hartos de pasar por sus narices. Anton Yelch abrió aquel maletín.